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Askotan galdetzen duzue gelan latinak zertarako balio duen eta zuetako askok onartzen du beste irtenbide bat ez zuelako latina aukeratu zuela. Ni beti saiatzen naiz bilatzen gaur egungo gizarte eta aintzinako latinaren arteko harremanak. Eta hemendik aurrera zuen laguntza izatea espero dut.
Gogoratzen naiz ikasturtea hasi bezain pronto Luis Leantek idatzitako testua irakurri genuela. Nire ustez oso baliagarrira da azaltzeko zer izan daitekeen latina. Horregatik gogora ekarri dut:
LA TORRE DE BABEL
Hace veinticinco años, mi amigo José Antonio creía que con el paso del tiempo el latín volvería a ser la lengua culta y científica de la humanidad. Por eso decidió estudiar filología clásica. Pensaba que los días del predominio del inglés estaban contados. Reconozco que su teoría me entusiasmaba, aunque nunca confié mucho en sus profecías. Ahora viajo por el mundo con mi bagaje de lenguas que ya no se hablan y con unas 1.000 palabras en inglés que he aprendido sin darme cuenta. Hago la prueba diciéndole en latin al camarero: «ego quid manducare volo» (quiero comer algo). Segundos de zozobra. Me mira con cara de pocos amigos hasta que me trae la carta de comidas y descubro que esa es su cara con todos los clientes. Continúo hablando en latín: «ego cirviciam frigidam bibere volo» (quiero beber una cerveza fría). Ahora el camarero reconoce enseguida la lengua del imperio y me muestra dos jarras de distinto tamaño. Elijo la de medio litro y me sirve una cerveza bien fría. Levanto la jarra y le digo: «pace tua» (con tu permiso). Lo veo sonreír por primera vez.
El alemán no es una lengua románica, y sin embargo en el sistema educativo alemán se estudia latín más del doble de años que en España, donde hablamos el latín vulgar del siglo XXI. Cuando lo cuento, me miran con incredulidad. Pero el gimansium alemán tiene poco que ver con la enseñanza secundaria española y con la LOGSE, la LOE y la JOE.
Descubro con sorpresa que la fama de la Gran Ladilla ha llegado hasta Alemania, y empiezo a sospechar que también la conocen en otras partes del mundo. Los brazos de la globalización son infinitos. Me preguntan por ella y por el sistema educativo en España. Digo lo que pienso, como siempre...
Hace veinticinco años, mi amigo José Antonio creía que con el paso del tiempo el latín volvería a ser la lengua culta y científica de la humanidad. Por eso decidió estudiar filología clásica. Pensaba que los días del predominio del inglés estaban contados. Reconozco que su teoría me entusiasmaba, aunque nunca confié mucho en sus profecías. Ahora viajo por el mundo con mi bagaje de lenguas que ya no se hablan y con unas 1.000 palabras en inglés que he aprendido sin darme cuenta. Hago la prueba diciéndole en latin al camarero: «ego quid manducare volo» (quiero comer algo). Segundos de zozobra. Me mira con cara de pocos amigos hasta que me trae la carta de comidas y descubro que esa es su cara con todos los clientes. Continúo hablando en latín: «ego cirviciam frigidam bibere volo» (quiero beber una cerveza fría). Ahora el camarero reconoce enseguida la lengua del imperio y me muestra dos jarras de distinto tamaño. Elijo la de medio litro y me sirve una cerveza bien fría. Levanto la jarra y le digo: «pace tua» (con tu permiso). Lo veo sonreír por primera vez.
El alemán no es una lengua románica, y sin embargo en el sistema educativo alemán se estudia latín más del doble de años que en España, donde hablamos el latín vulgar del siglo XXI. Cuando lo cuento, me miran con incredulidad. Pero el gimansium alemán tiene poco que ver con la enseñanza secundaria española y con la LOGSE, la LOE y la JOE.
Descubro con sorpresa que la fama de la Gran Ladilla ha llegado hasta Alemania, y empiezo a sospechar que también la conocen en otras partes del mundo. Los brazos de la globalización son infinitos. Me preguntan por ella y por el sistema educativo en España. Digo lo que pienso, como siempre...
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